Diario la Nueva España,
18/09/2013.
Cuando Andy Robinson nació en la afueras de Liverpool en
1960, la ciudad estaba, sin que nadie lo supiera, en vísperas de convertirse en
el epicentro de un cambio musical de los que marcan época. Pero mucho antes de
los «Beatles», Liverpool ocupaba ya un lugar destacado en el mapa, era la gran
entrada de las mercancías del imperio, uno de los principales puertos del
mundo, que unido por tren con la fabril Manchester sostenía a comienzos del XIX
otra revolución de consecuencias más perdurables. En Liverpool está la semilla
de un sistema económico que tras dos siglos de mutaciones guarda pocos
parecidos con aquel capitalismo temprano y pujante que encumbró la ciudad. El
de ahora lo conoce bien Robinson en su condición de periodista especializado
que ha asistido a los grandes foros mundiales de la economía. Sobre uno de
ellos, el que cada mes de enero reúne en la localidad suiza de Davos a la élite
financiera mundial, escribe ahora «Un reportero en la montaña mágica» (Ariel),
una explicación de «Cómo la élite económica de Davos hundió el mundo». Las
cumbres que se desarrollan en el mismo escenario de la obra de Thomas Mann a la
que alude el título de su libro constituyen para Robinson «un perfecto
microcosmos del capitalismo del siglo XXI». Allí ha constado la evolución de
esta última crisis, desde el presunto arrepentimiento de quienes la provocaron
hasta la disposición a repetirla que, a su juicio, está gestándose de nuevo por
la falta de medidas correctoras en la economía mundial.
-Como veinteañero, usted hizo el camino inverso al que ahora siguen muchos
jóvenes españoles.
-La primera vez que vine a España fue a mediados de los años ochenta. Estudié
en la London School of Economics una carrera muy ecléctica en la que hice un
poco de todo, no sólo Ciencias Económicas, sino también Políticas e incluso
Crítica Literaria, una gran variedad de asignaturas pero con la economía como
base. Vine aquí para escaparme del Reino Unido de Margaret Thatcher, como
muchos jóvenes ingleses en aquel entonces. Eran tiempos como los actuales, con
políticas muy duras de austeridad y paro masivo en Inglaterra. Éramos muchos
los que queríamos irnos de un país en el que no había buen ambiente ni muchas
expectativas para los jóvenes. Fui a vivir a Sabadell, donde empecé a dar
clases de inglés y luego a colaborar con medios ingleses y americanos,
aprovechando que en esos momentos Barcelona estaba muy de moda por la
Olimpiadas. Ahora ando dando vueltas por Europa y Estados Unidos, pero con base
en España. Me he especializado en economía, pero tratando de hacer un
periodismo económico no excesivamente técnico, utilizando la economía como un
trasfondo para plantear cuestiones más de ámbito social y político.
-Usted ha sido testigo directo de las grandes citas de la economía mundial.
-He asistido desde hace muchos años a las cumbres de organismos multilaterales,
del Fondo Monetario Internacional (FMI), varias cumbres del G20 y estuve en
Davos cinco veces. Cada mes de enero viajo allí y confío en que el libro no me
cierre las puertas en la próxima convocatoria.
-¿Cuál es la singularidad de Davos respecto a otras cumbres?
-Lo interesante, y lo preocupante, del foro de Davos es que ves las entrañas de
la máquina, cómo funciona el sistema de poder. Es un microcosmos de las
relaciones entre poderosos banqueros, economistas, políticos y también
periodistas con un estatus de acreditación que les permite codearse con los
peces gordos. Allí hay una extraña jerarquía de acreditaciones. No es lo mismo
ir de reportero que de líder mediático. Esa estratificación es sólo un ejemplo
de cómo funciona el sistema de exclusión en un lugar en el que si dices lo que
conviene al poder económico tienes acceso a muchas más cosas.
-¿Qué se dilucida en esos encuentros que tienen tanto eco mediático como
glamour?
-Es una especie de baile de puertas giratorias en el cual los banqueros piden
favores a los políticos, éstos a los bancos y los economistas dicen lo que
esperan los banqueros y algunos medios de comunicación siguen el guión. Esta
máquina ha facilitado lo que considero un ejemplo sin precedentes de injusticia
económica, una brutal socialización de pérdidas. Vemos que cinco años después
del estallido de la crisis, tras las múltiples promesas sobre reformas del
sistema financiero apenas se ha hecho nada y seguimos donde estábamos, con el
añadido de que muchos culpables han quedado impunes.
-Pasados los primeros apuros, ya no estamos en el momento del
arrepentimiento. Usted cita al que fuera consejero delegado de Barclays, Bob
Diamond para quien «el momento de las disculpas y el remordimiento ya pasó».
-Eso lo dijo en 2010. Luego se vio obligado a dimitir por la manipulación de
los tipos Libor, los que rigen las hipotecas. Hubo un momento después de la
crisis, en la cumbre de 2009, justo después de la quiebra de 2008, en que se
percibió que los representantes de la banca se sentían incómodos. Fue cuando ya
estaban pactadas unas ayudas a la banca por 700.000 millones de dólares. Tres
meses después se notó en Davos que muchos banqueros de Wall Street optaron por
quedarse en casa y los que estuvieron allí reconocieron la necesidad de
reformas, asumían que se había producido un exceso de especulación e innovación
financiera, a través de productos que resultaron ser bombas de relojería, y que
eso no debería permitirse. Pero aquello duró muy poco. Al cabo de un año
volvían a defender las mismas prácticas. Y transcurridos cinco es como si la
crisis hubiera sido un terremoto, un acto de Dios en lugar de la consecuencia
de una cultura de avaricia y de desregulación. El momento de reconocimiento de
responsabilidad por parte de la élite fue muy efímero. Ahora volvemos a lo
mismo.
-Ahora es la misma actitud de antes con el añadido de cierta impunidad. No
sólo consiguieron salir indemnes, sino incluso más ricos.
-Impunidad, sin ninguna duda. Muy poca gente pagó por lo que hizo. El consejero
Barclays fue destituido por el Libor y vete a saber cuánto nos ha costado eso a
la gente que pagamos hipotecas. Pero se fue con un finiquito de seis millones
de libras (más de siete millones de euros). Tiene un casa con vista Central
Park en Nueva York, otra en Cape Cod y otras propiedades notables. ¡Qué más
quisiéramos que castigos como ésos! La sensación de que todo vuelve a ser lo
mismo es muy fuerte. Sabemos que la semilla de lo que ocurrió fue una excesiva
desregulación financiera iniciada en los años 90 bajo la administración
Clinton, como reconocen muchos economistas. Las agencias de calificación siguen
siendo un referente pese a que hace cinco años quedó claro el conflicto de
intereses derivado de cobrar por prestar servicios a las mismas empresas cuya
deuda estaban valorando. No ha cambiado nada.
-¿Eso significa que hay un poder económico que ha fraguado de tal manera que
es inamovible?
-Hay una red de influencias y relaciones endogámicas, de intercambio de favores
entre élites que han convertido los supuestos sistemas democráticos en un
simulacro. Cualquiera que sea el partido que votemos tenemos las mismas
políticas. Y en Davos se puede empezar a entender por qué. Allí se juntan los
poderes económicos, políticos, mediáticos y se establece el ámbito de lo que es
tolerable para la política. No es exactamente un pensamiento único porque cabe
la discrepancia, pero lo que inquieta a la gran mayoría de los ciudadanos ni se
aborda. Muchos ministros van allí a preparar su futuro profesional en
conversaciones con bancos y empresas que acaban dándoles empleo cuando salen
del Gobierno. Hay muchos ejemplos desde Blair, Rodrigo Rato o Elena Salgado.
Habría que regenerar de manera radical nuestra democracia para acabar con esos
vínculos. Y en estos momento no hay contrapoderes en la sociedad civil para
ello. Quizás, en efecto, se trata de un poder inamovible.
-La crisis ha agudizado las desigualdades, las grandes fortunas se han hecho
mayores.
-Es un proceso desde los años 70. En Estados Unidos y en el Reino Unido hemos
visto una concentración de patrimonio y de renta en una élite cada vez más
rica. En Europa se mantuvieron algunos elementos de economía social que frenó
ese proceso. De hecho en España la desigualdad se redujo hasta el inicio de la
crisis. Pero después de las políticas de austeridad, de reducciones salariales
y de la explosión del paro se ha registrado un aumento desorbitado de esa
desigualdad, algo muy llamativo porque esos cambios se producen a lo largo de
décadas y en España ha sido cuestión de tres o cuatro años. Esa crisis no ha
afectado a los consejeros delegados ni a los beneficios de las grandes
empresas. España se aproxima a la gran desigualdad de Estados Unidos. Robert J.
Shiller, el autor de «Exuberancia irracional», me comentaba recientemente que
esta tendencia de creciente desigualdad no hay forma de pararla sin un cambio
radical en nuestra cultura tributaria. Hay que empezar a utilizar el sistema
tributario para reequilibrar las rentas. Shiller sostiene que eso interesa
incluso a ese 1% de beneficiarios de la creciente desigualdad porque, de lo
contrario, estarán en peligro en el futuro y expuestos al malestar político y
social. A principios del siglo XX, cuando se registraban niveles parecidos de
desigualdad, hubo uno gran crispación social que acabó siendo violenta. Las
élites tienen que empezar a plantearse si es sostenible una sociedad en la que
una pequeña minoría se va haciendo cada más rica frente a una clase media
evanescente y dependiente de la deuda y cuyos niveles de endeudamiento no son
compatibles con una economía que crece de manera armónica.
-Pero seguimos escuchando que lo importante no es la redistribución, sino la
creación de riqueza.
-Eso es una falacia. Hay muchos indicios para llegar a la conclusión de sin
clase media el capitalismos tiene un problema de sostenibilidad. Lo decía en su
momento Marx y ahora lo sostienen economista como Shiller o Nouriel Roubini. El
sistema es disfuncional si en una economía basada en el consumo masivo la clase
media sólo puede consumir cuando se endeuda hasta niveles insostenibles. Todo
indica que la nueva fase de crecimiento que se está iniciando en Estados Unidos
es igual que la anterior. El poder adquisitivo del ciudadano medio es menor que
antes de la crisis, por lo que ese crecimiento se sostendrá otra vez sobre la
base del endeudamiento. De hecho ya estamos asistiendo a subidas muy rápidas
del precio de la vivienda en Estados Unidos, por ejemplo en Florida. La
sensación de que eso ya lo hemos visto es muy fuerte.
-¿Entonces no hemos aprendido nada de la crisis?
-La crisis ha sido profunda. Pero si entramos en una nueva fase de crecimiento
va a ser menos sostenible que la anterior porque el poder adquisitivo de las
clases medias es menor ahora que en los años en los que hubo una expansión
insostenible del crédito. Si los salarios han caído en estos años, cabe pensar
que el crecimiento se va a sostener de nuevo sobre la deuda. No sería
descabellado pensar que vamos a tener una repetición de la crisis. Porque
además no se han tomado medidas para acabar con actividades especulativas, la
banca sigue endeudándose para comprar títulos financieros y no para facilitar
créditos a la economía productiva. En el quinto aniversario de la quiebra de
Leman Brothers hay muchos economistas que advierten de que no se ha aprendido
la lección y se dan todas las condiciones para generar nuevas burbujas y los consiguientes
pinchazos. Las economías emergentes están entrando en la senda recalentamiento.
Brasil tiene una burbuja de la vivienda similar a la de España. En esos países
se está produciendo una fuga de capitales y algunos como la India pueden llegar
a sufrir problemas de solvencia. Es una historia de no aprender las lecciones
de una crisis que fue la más grave desde los años treinta.
(Nota: hemos cambiado el título de artículo)
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